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Daniel Seifert
Retornó la polémica
que creíamos
superada.
Pasa tarde o
temprano. Después de
que alguien se
entera de que soy
gay, sé que me lo va
a preguntar.
No importa si es
madre temerosa,
amigo curioso,
vecina desilusionada
o taxista eventual.
Mientras venza las
fronteras del pudor,
dirá: “Amigo, pero
¿por qué te gustan
los varones?”. Será
por esa costumbre al
interrogatorio que
no me sorprenden los
estudios que buscan
“el origen de la
putez”.
La última polémica
la desató una
investigación del
Instituto Karoliska
de Estocolmo, que
analizó cerebros
para concluir que, a
grandes rasgos, los
de las mujeres
heterosexuales
funcionan como los
de los gays y los de
los hombres
heterosexuales,
igual que los de las
lesbianas.
¿Entonces existe un
cerebro gay? ¿Es
producto de la
evolución como
sugieren otros?
Si no es el cerebro,
pronto serán los
genes, como antes lo
fue la crianza: la
madre
sobreprotectora, el
padre ausente. O,
tal vez, una dieta
carente de calcio.
Alguna vez le
comenté a un amigo
con estudios en
psicología que mi
papá viajaba mucho.
Me miró como si me
hubiese descubierto.
No daba para aclarar
que mis hermanos
tuvieron al mismo
padre viajante y hoy
son felices
heterosexuales.
Cuando era chico, mi
táctica ante la
pregunta era dar
vueltas al tema. En
la adolescencia me
surgió el ímpetu
discursivo. Era el
rey de la
argumentación con
altos valores
morales. Que los
derechos de las
minorías, que el de
amar y ser amado,
que ser gay es tomar
una posición
política. Al menos,
servía para que
tanta corrección
aburriera al
preguntón. Hasta que
después opté por una
fórmula digna de un
libro matemático: la
inversa proporcional
“¿y a ti por qué te
gusta lo que te
gusta?” Ahí descubrí
que los
heterosexuales no se
hacen esas preguntas
existenciales. Son
criados para ser la
norma. Las mayorías
se desviven en pedir
explicaciones a los
que son diferentes
o, en su defecto,
los estudian. Es
extraño que los gays
entremos en ese
juego.
Ante la noticia,
muchas
organizaciones salen
a derribar
prejuicios y
denostar –no sin
razón aunque con
cierta obviedad– las
visiones genetistas,
nazis. Pero no
logran superar el
tema.
Más lastimoso es
escuchar a alguien
que justifica por
qué ya no es lo que
era. Sebastián
Pollastro, el ex
concursante gay de
Gran Hermano, dijo
que lo suyo había
sido una “sexualidad
inducida” por un
abuso de chico. Una
barbaridad basada en
una psicóloga nunca
identificada que
sirvió para extender
su minuto de fama
con una inducida
campaña de prensa
que incluyó fotos
con su novia
conversora.
No pocos creen que
ser gay es moda.
Pero la realidad los
contradice. Con más
gracia y menos
idiotez, algunos
definen que ser
no-gay es lo cool.
Ahí está Pablo Ruiz,
hablando de hombres
y mujeres con los
que sí, quiere;
jugando a ser padre
con su amiga vedette
y titulando: “Sólo
mi mamá sabe mi
secreto”, la segunda
frase más ortodoxa
de un famoso después
del “soy católica y
conservadora” de
alguna estrellita
que después resulta
más loca que
Madonna.
Ser
pluri-poli-pansexual
es moderno. Ya hay
intelectuales que
hablan de la “era
pos-gay”, del fin de
las etiquetas
sexuales. No está
mal, pero para ser
“pos-algo” antes
habría que serlo.
Tamaña excentricidad
suena a una
vanguardista forma
de no hacerse cargo.
La mejor definición
de homosexualidad la
leí en un libro del
periodista Osvaldo
Bazán. Dijo que es
“nada”, pero nadie
parece querer
escucharlo. Y así,
heterosexuales
preguntan lo que no
contestan,
militantes discuten
cerebros y famosos
explican el ser y el
no. Más de una vez,
alguien me dejó o me
desencantó cuando no
quiso darme un beso
por la calle, porque
es calle. Y, al
parecer, es de
mayorías que no
explican y no de
quienes deben
justificarse. En vez
de cambiar esa
pequeñez, nos
definimos, nos
indefinimos y
buscamos “el origen
de la putez”, que
está de moda.
Mientras, ¿no será
mejor si vivimos?
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